LA SENSUALIDAD EN EL TANGO

ARTICULO PUBLICADO EN "LA PORTEÑA TANGO"



                                      LA SENSUALIDAD EN EL TANGO

Subyugante y controvertida, la sensualidad es una estado sibarítico e  innato,  no producido,  que conlleva a comportamientos tal vez diferentes (no mejores ni peores) de los que tiene el común de la gente. No es teatralizada y esas actitudes fluyen desde lo más profundo del ser, en todo momento y lugar. Así como nadie puede dar algo que no posee, realmente quienes no exteriorizan su sensualidad, es porque carecen de ella.
Pero así como la danza hace renacer y saltar a la superficie el lado sensitivo de quienes tienen su sensualidad dormida y la pone en funcionamiento, no puede hacer crecer algo, en una tierra estéril.
El cuerpo de los bailarines tocados con la varita mágica de la sensualidad (que no son todos), muestran dos aspectos: el etéreo y el terrenal, logrando así el equilibrio justo y deseado. De la cintura para arriba, brotan alas transparentes que los remontan a cualquier lugar, en el espacio creador y los movimientos se vuelven sutiles, impalpables; de la cintura para abajo, aparece la exacerbada conexión con el suelo, desde donde fluye toda la danza, como vomitada desde las entrañas de la tierra.
La sensualidad no obedece a la razón ni a la voluntad y, en el tango propiamente dicho, se expresa como un estado que aflora sin querer y se percibe exteriormente en el abrazo, en las miradas y en cada movimiento del cuerpo.
El contacto físico del ABRAZO, es necesario para nuestro bienestar psicológico, emocional y corporal. Es cálido y contenedor y en su interior, los integrantes de la pareja pueden vivenciar emociones muy profundas, o imaginar lo inimaginable con toda libertad. Pueden tener deseos locos o sensatos, pero que en ese momento se transforman en reales, gracias a la autenticidad del pensamiento.
Este, pertenece exclusivamente a la persona que lo tiene y no hay nada en el mundo que pueda evitar que se produzca. El pensamiento es la base de la actividad psíquica consciente ya que está formado por todo lo vivido, lo sentido y lo comprendido.
Por eso, los pensamientos que son el resultado obligado a partir del abrazo, hacen que este sintetice una serie de sensaciones incomparables y diferentes, ya que se puede o no tener conciencia de ello, provocando sin más, la fusión de la pareja.
Sentir la danza en el cuerpo es hacer que la sangre entre en ebullición y conseguir que la música haga estallar el alma de placer, son cosas que sólo las puede disfrutar alguien con su sensibilidad orientada hacia el mundo exterior, donde sus fenómenos afectivos, son de alto grado y calidad.
Y si  a esto, se agrega la sensualidad, el goce es total.
Así como sucede con los amantes de otras danzas, muchos milongueros son de verdad sensibles pero no corre con la misma suerte, la sensualidad. Esto no es tan fácil de encontrar ni, por supuesto, de explicar.
Bailar tango no es un divertimento como bailar merengue o cumbia; bailar tango es otra cosa.
Implica paladear una gama de percepciones especiales y, por lo tanto, no es comparable con ninguna otra danza. El tango consigue, por sí solo, acrecentar el conjunto de fenómenos dependientes del sensorio y despierta, en quienes la tienen, la codiciada sensualidad.
Ella se comporta como la no represión de símbolos y vínculos que, en el momento de danzar, están al alcance de la mano, permitiendo y promoviendo, la conexión de la pareja.
También las MIRADAS, distintas en su dimensión y profundidad, sirven de diálogo silencioso pero por demás expresivo de todas las sensaciones. Transmiten claramente una a una, todas las percepciones que invaden al bailarín.
La mirada de tango va más allá de los ojos, más cerca del corazón y llega hasta el alma de quienes están realmente involucrados en la danza. Se interna escrutadora y decidida en los abismos inconmensurables del otro, que la recibe sin titubear ni bajar los párpados. Convive cerca del cerebro, otorgándole validez insuperable a la concentración que la cobija y penetra desafiante, en los ojos de quien tiene enfrente.
Por último, los MOVIMIENTOS DEL CUERPO, son la reacción inequívoca de los procesos que están sucediendo en el interior de cada uno de los integrantes de la pareja y conforman, junto con el entorno, un contexto exquisito.
Las nueve musas hijas de Zeus, guardianas del arte, hacen que esos cuerpos se muevan al unísono deleitándose con cada vibración nacida de la sensualidad. Esta, fluye significativamente en la manera de bailar, otorgándole a la danza, un halo de fascinación y desafío voluptuoso, increíblemente personal.
Ana María Navés

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